Si lo llego a saber

Si lo llego a saber, no vengo. Con lo bonito que me lo vendieron jamás me habría podido imaginar que esto es lo que me iba a encontrar. Y yo que me había preparado a conciencia. Me había aprendido todas las canciones de viajes, me había leído cientos de historias sobre la ciudad, qué ver y qué hacer, los do’sdont’s, y por supuesto me había empollado el LonelyPlanet, para que cuando llegara nada me pillara de imprevisto.

¡Hasta me había dejado vacunar! Con lo poco que me gustan a mí los pinchazos, que cada vez que veo la aguja me dan ganas de subirme por las paredes y agarrarle de los pelos a la enfermera.

¿Y qué me dices del equipaje, eh? Semanas me pasé atesorando todo lo necesario para hacerme la vida más fácil. Iba recogiendo cosas por aquí y por allá, y llevándolas a un lugar seguro hasta la hora de partir. Porque ya me había informado de que entre otras desgracias, aquí no iba a encontrar mi snack favorito. Y yo sin comerme unas nueces todos los días, no soy persona. Por cierto, que todos deberías hacerlo porque dicen que son muy buenas para la memoria. 

Por dónde iba…ah sí, pues que ya tenía todo preparado para la aventura en avión: mi almohada cervical, mis juguetes para pasar el rato… hasta unas palomitas por si me entraba el hambre y la azafata se negaba a darme algo de comer, que ya sabemos cómo se las gastan en clase turista, cuando, ya de camino, descubro que no voy a viajar en avión, que me van a llevar en ¡barco! Casi me tiro del camión en marcha. No te digo más. 

Y espera porque además no creas que era un crucero de lujo de esos que tienen hasta parque de atracciones dentro, porque si hubiera sido así, igual en vez de querer largarme hasta les habría besado. No. Un barco cochambroso, viejo y feo en el que apenas había luz y del que no me dejaron salir en toda la travesía. Por seguridad, dijeron. ¡Ja!

Y fueron días ¿eh? Nada más que oyendo el ruido del motor y el choque de las olas contra el casco. Una rayita de cielo y una pizquita de mar. Eso es todo lo que vi del gran océano. Debería darles vergüenza tratarme así. 

Pero no. No tienen vergüenza ni quien se la ponga, porque cuando por fin llegamos a la Gran Manzana, resulta que en vez de dejarme frente a la puerta del hotel de cinco estrellas que le corresponde a alguien de mi categoría, me llevan a Central Park. ¡Al zoo!

Que dirás, bueno, igual querían que hiciera una pequeña visita para aligerar las piernas después del viaje. Pues no. De eso nada. Me llevaron de excursión por todo el recinto. Y así fui saludando a cebras, leones, jirafas y a toda la jungla del parque. Hasta que por fin me dejan delante del recinto de los monos, y me señalan una jaula. 

¿Qué se supone que debo decir? ¿Es muy bonita, muy espaciosa?¿Me encanta la distribución de ambientes? En realidad no esperan que diga nada, sólo quieren que entre. Seguramente es una de esas “experiencias auténticas”para turistas sobre las que leí en la guía, me digo a mí mismo…

Y sí. Es una experiencia tan real, que nada más cruzar el umbral, cierran la puerta. No puedo creerlo. Espero que no haya periodistas para que no quede constancia de la cara que se me ha quedado.

¡Vaya manera de tratar a una estrella! Si lo llego a saber, Copito de Nieve se queda en casa.

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