Un día cualquiera. Paso a paso.

La luz hace rato que se cuela entre las persianas cuando el despertador empieza a sonar. Es entonces cuando su mente dice adiós al mundo onírico del que ha disfrutado durante este último periodo de sueño REM y su tallo encefálico, activado por la luz de las primeras horas del día, empieza a poner en guardia al resto del cuerpo. Nada más poner un pie en el suelo, su ritmo respiratorio y su frecuencia cardiaca ya son más acelerados que hace tan sólo unos minutos y aunque aún grogui, su cerebro también ha cambiado ya su modo de operaciones al tipico de la vigilia(1).

Sin embargo, aún no se siente despierto. Bostezando camina hasta la cocina a prepararse el primer café del día. Por supuesto no es consciente del trabajo de coordinación motora y mental que supone abrir la cafetera, poner el café y calentar el agua. Para darse cuenta de la complejidad del proceso tendría que ver a un robot intentando -infructuosamente- reproducir con fidelidad sus movimientos (2).

source: meditacion2000.blogspot.comEl café está listo. Lo sabe por cómo su cerebro interpreta el pitido que emite la cafetera. Y lo sabe también porque el olor que estimula sus receptores olfativos es indiscutiblemente a café.

Por fin se sienta a disfrutar su desayuno. Y lo hace con al menos dos sentidos: el gusto y el olfato. Porque el café -como todo lo que comemos- tiene un sabor que se percibe tanto en la nariz como en la boca (3). Al poco la cafeína comienza a ejercer su efecto estimulante sobre el sistema nervioso central y empieza a sentirse más despierto, más centrado y preparado para afrontar el día. Su efecto durará unas cinco horas…aunque siempre puede haber una recarga (4,5).

Lo que seguro que no tardará tanto en notar son los efectos diuréticos de la cafeína y pronto tendrá que ir a descargar su vejiga. Y mientras lo hace, como siempre que ve algún anuncio de agua mineral recomendando alguna cantidad arbitraria de ingesta diaria, se acuerda con sonrisa agridulce de aquella historia sobre alguien que murió por beber agua (hiperhidratación): Una pobre ignorante decidió perder peso bebiendo agua sin parar y lo que paró fue su cerebro al romper el equilibrio electroquímico de su cuerpo. Sus células se hincharon de agua y, en el cerebro, eso empieza por producir migrañas y cambio de personalidad y acaba por producir un edema cerebral al cortar el riego sanguíneo. El agua es el principio de la vida. Para algunos también el final (6).

Una vez terminadas sus rutinas matutinas se dirige a la oficina. También hoy decide coger la bici para ir al trabajo. Como todos los días desde que empezó a hacerlo, al llegar se sorprende de lo bien que se siente. Y no sólo por fuera -ahora se le marcan músculos que ni siquiera sabía que tenía-, su corazón, su sistema respiratorio e incluso su sistema inmune también se han beneficiado de su nueva rutina de ejercicio aeróbico (7).

Break time! Ya lleva unas cuantas horas rellenando hojas de cálculo y lidiando con la correspondencia del día así que para unos minutos y se entretiene viendo unos inocentes vídeos de animales en Youtube. Sabe que no es el único en caer en esta forma de procastinación y no se molesta en ocultarlo porque sabe que de acuerdo a un estudio japonés lo que está haciendo contribuye a aumentar su productividad al incrementar su capacidad de concentración (8).

source: www.abc.es
¡Que empiece la fiesta!

Es viernes y como todos los viernes al salir del trabajo se reúne con amigos para tomar unas cañas y celebrar la llegada del fin de semana. A medida que se suceden las cervezas se nota más desinhibido, más suelto, las tensiones de la semana parecen disolverse como pastilla efervescente en agua pero como gato viejo que es, sabe que para evitar querer arrancarse la cabeza mañana debe hidratarse, porque el alcohol hace que se elimine más agua en los riñones y que las meninges que protegen su cerebro se resequen, ocasionando ese dolor de cabeza tan típico de la resaca. Tampoco tiene ganas de pasarse hasta el punto de parecer un muñeco deslavazado, incapaz de poner un pie detrás del otro porque ha quedado con Julia para bailar y quiere que la noche sea un éxito y no hacer ni decir algo de lo que tenga que arrepentirse. Y si lo hace, al menos que no sea por el alcohol (9).

Ha conseguido salir relativamente indemne del cónclave de adoradores de Mahou. Siente la cabeza algo ligera pero el paseo hasta el lugar de la cita con Julia le ayuda a despejarse. Eso y los nervios. Aunque no quiere pensar demasiado lo cierto es que la anticipación del encuentro empieza a dejarse notar. Mientras espera siente el sudor en las manos, en la camisa que se le pega como segunda piel, su pulso acelerado, su cara sonrojada como la viva imagen de una rolliza lechera holandesa no mienten (10). Espera mucho de este encuentro, quiere que salga bien pero tiene dudas. Julia se retrasa .

Han pasado quince minutos de agonía antes de que Julia aparezca al doblar la esquina. En el momento que la ve, el alivio sustituye a los nervios…al menos en parte. Cuando se acerca a saludarla, su corazón sigue latiendo como si quisiera escapársele del pecho pero su voz suena tranquila. Es en este momento cuando su corteza prefrontal, la parte de su cerebro encargada de gestionar la toma de decisiones, retoma el control de sí mismo tras el KO técnico de su sistema límbico, totalmente obnubilado con el olor de Julia (11,12).

Ya en el local, sea por la música, por el baile o por la cercanía de Julia, se siente pletórico. ¿Quién hubiera pensado que moverse al ritmo de música electrónica iba a gustarle tanto? Quizá sea porque el pincha ha conseguido la combinación perfecta de síncopas de la que hablan en este artículo…o quizá porque hoy todo es color de rosa, el caso es que está pasándolo en grande. El ejercicio está ayudando a subir sus niveles de serotonina y a producir esa sensación tan agradable de felicidad pero aún puede mejorar…y mucho, piensa (13,14).

En este punto es complicado saber si la decisión vino comandada por la corteza prefrontal o por el sistema límbico, puesto que ambos parecen haber estado bastante de acuerdo en que sí, Julia nos gusta. Así que en un momento de comentario-inudible-y-aproximación-cuerpo-a-cuerpo le lanza un beso. Es difícil suponer que a Julia le pillara demasiado de improviso porque respondió al ataque con tantas ganas como él. Seguramente que la testosterona de ambos estaba ya en ascenso desde hacía un rato, jugando con su deseo. De ahí a su casa a continuar el festival que mantiene a su cerebro bañado en dopamina. La dopamina, el neurotransmisor de la recompensa, la adicción, el sumo marcador del hedonismo -entre otras muchas cosas-. Pero durante el sexo su cerebro no solo se ve inundado por dopamina y testosterona, cuando por fin alcanza el orgasmo, son oxitocina y serotonina quienes definen las sensaciones. La satisfacción, la relajación, la calma. Cortesía de la serotonina. Las ganas de abrazar a Julia, la sensación de que nada podría alterar ese estado de tranquilidad y de que junto a ella todo esta bien son un subproducto de la mal llamada hormona del amor –oxitocina-.

Source: goindiya.blogspot.com
Tras la tempestad llega la calma

El último, y definitivo, efecto que tienen estas dos sustancias es entregarle a los brazos de Morfeo (15). Y de esta manera vuelve a iniciarse el proceso de reparacion que conocemos como sueño (16). En las próximas horas sus músculos, huesos, su sistema inmune y por supuesto, su cerebro intentarán recuperarse del desgaste diario (17). En el caso del cerebro esta reparación implica una limpia de informacion irrelevante -como los videos de gatitos de Youtube- y un refuerzo de los recuerdos importantes -como las últimas horas con Julia-.

Mañana al despertar se repetirá el ciclo, como cada día, salvo que esta vez lo primero que captarán sus retinas será a Julia. Después…comienza un nuevo día.

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