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Porque yo ¿lo valgo?

Hay días en los que sientes que puedes con todo. Días en los que te sorprendes a tí mismo haciendo cosas que te creías incapaz de resolver tan sólo hace unos años. Esos días nadie podría convencerte de que esa montaña no se puede escalar. Nada parece imposible. Ni siquiera conseguir terminar ese maldito proyecto que lleva cuatro años resistiéndose.

Hay otros días, la mayoría, en que sientes que todo te puede. Tus manos parecen de corcho, tu cerebro parece incapaz de encontrar la orden adecuada para resolver la situación que se desenvuelve delante de tus narices y lo único que te ves capaz de hacer es lanzar un S.O.S que a estas alturas de la película sólo te hace sentirte más desvalida que la típica princesa de las películas de Disney, y cuando al final llega la ayuda la sensación de que ese salvavidas tenías que haberlo cogido sola supera el alivio por haber salido de otra.

La sensación es de insignificancia. La situación nos supera tanto que por un momento nos planteamos dejarlo todo y no mirar atrás por miedo a convertirnos en piedra o que descubran el error que cometieron al firmar el contrato.

Hay quien lo llama síndrome del impostor. Yo lo llamo: ¿qué cojones hago yo aquí?

La definición del fenómeno sería algo así como la incapacidad de internalizar los propios logros. A pesar de todas las evidencias al alcance, los impostores están convencidos de ser un fraude y que la razón de su éxito es una combinación de suerte, coincidencias o que tooooodo el mundo alrededor está engañado al creerlos más inteligentes y capaces de lo que son.

¿A alguien le suena familiar? La estadística dice que este fenómeno es más probable en mujeres exitosas y frecuentemente son mujeres en la carrera científica quienes dicen padecerlo. Bien, parece que no estoy sola.

Esta sensación aparece como respuesta a ciertas situaciones, no es una característica intrínseca de la personalidad ni tiene que ver con una falta de autoestima general, más quizá con la experiencia personal previa o el condicionamiento social. ¿Por qué digo esto? Y es sólo una opinión, pero el hecho de que lo suframos más las mujeres posiblemente tenga que ver con que desde la infancia se dude de la calidad de nuestro trabajo intelectual. De que como lo que se supone que tenemos que ser es buenas y bonitas, cuando además somos brillantes, tengamos que justificarlo como: cuestión de suerte, como que en realidad el examen era fácil, como que sin la ayuda de Futanito no me habría ido tan bien… Claro, cuando una llega a adulta se ha creido ya a pies juntillas que realmente muchos de sus logros son producto de la suerte, o de las circunstancias o de que pasabas por ahí. No de tu esfuerzo o de tu valía. Y en el momento en que alguien o algo lo pone en duda, tú vas mucho más lejos: Impostora.

Este síndrome no es sino un reflejo más del condicionamiento social que algunos -minorías y mujeres- experimentamos desde niños y que hace que entre otras cosas exista un techo de cristal, o enormes diferencias salariales entre sexos incluso cuando se desempeñan trabajos similares y que además los prejuicios influyan la contratación a todas las escalas.

Impostora o no, yo ya empiezo a estar cansada de tener que justificarme por ser buena en mi trabajo y que me cuestionen más y más menudo por ser mujer así que voy a dejar de tirarme yo también piedras sobre mi tejado y a mandar este dichoso síndrome al baúl de los malos recuerdos, porque me he ganado todo lo que he conseguido y voy a por más. Aunque haya días en los que aún me sienta sin fuerzas, me niego a pensar que es porque no puedo. Porque sí, lo valgo.

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