Peinando recuerdos

Sus movimientos eran lentos, pero estudiados. Como si llevara la lección aprendida de años. Años ejecutando la misma rutina. Primero por la izquierda, luego por la derecha y finalmente por detrás. Que no quedara ninguna zona sin repasar.

Tan absorbido en su rutina siempre, que no parecía consciente de cómo su lengua intentaba escapar por una esquina de la boca, en un rictus de esfuerzo, como si esa simple acción requiriera máxima concentración.

Una vez satisfecho con su obra, el peine, ese reluciente peine de concha que un día le dio su padre, volvía al bolsillo de la chaqueta, como siempre. Como cada día desde que su padre decidió que era lo bastante hombre para valorarlo.

En ese preciso instante sonreía como nunca porque sabía que a partir de ese momento lucía como un perfecto caballero. Y que su padre estaría orgulloso de él.

Aunque ya hiciera años que no quedara un sólo pelo en su cabeza.

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