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Martir por la fe

Caminaba por la ciudad sin rumbo, como un turista que hubiera perdido al resto de la manada, y en realidad así se sentía: sin rumbo. Tanto tiempo preparándose para el día D, para ese mañana prometido, tantos días tachados en el calendario intentando acelerar la llegada de este momento y ahora, de repente, sin siquiera preveerlo ese futuro se tambaleaba. Todo por un momento de debilidad, todo porque aún con todo el trabajo realizado, ese día surgió el animal que todos llevamos dentro y no pudo, no supo o no quiso encerrarlo de nuevo.

La vida es una mierda…¿o no? Hace unas horas hubiera tenido clara la respuesta a esa pregunta, pero ahora…ahora, todo lo que veía tan claro está envuelto en una especie de neblina que le impide distinguir su mano izquierda de la derecha. ¿Y si mañana no se acabara el mundo? ¿Y si la vida prometida no empezara por el final sino por el principio?

Estas y muchas más preguntas bombardean su cabeza mientras encadena un paso con otro, hasta que comienza a sentirse agotado, y al levantar la vista sus ojos se topan con un parpadeante rótulo “EL SENTIDO DE LA VIDA”, y antes de siquiera darse cuenta se encuentra cruzando el umbral del local, que como no podía ser de otra manera en aquella ciudad, era un bar.

Un bar. ¿Cuándo fue la última vez que puso pie en uno? Apenas podía recordarlo. Desde que empezó con los preparativos para el día D no había vuelto. La necesidad de concentración era máxima si quería ganarse su lugar en el paraíso, y para el jefe no existían las excusas…pero hoy, hoy necesita una cerveza.

Con su segunda cerveza, porque la primera la agotó de un sorbo, se sienta en una mesa y mira en torno, como esperando una respuesta. Al fin y al cabo el lugar se llama el sentido de la vida, ¿no es cierto? Mientras espera que alguna musa le indique la dirección a seguir, si continuar con sus planes o hacer borrón y cuenta nueva, acaban por caer unas cuantas cervezas más.

A estas horas el bar parece por fin empezar a cobrar vida, a mostrar el por qué de su nombre: llegan grupos de amigos, parejas, incluso familias con niños pequeños…Niños, familia, vida. Parece que empieza a ver las cosas claras, por fin ha tomado una decisión y con su última cerveza en la mano se dispone a compartir su eureka con su nueva, si inopinada, familia.

Amigos, dice, mañana iba a ser el día en que mi vida cambiara para siempre, el día D, aquel para el que mi gente me había preparado tan arduamente. Conocía de sobra el proceso y entendía que para poder tener una vida mejor en el paraíso era necesario acabar con esta, y por mi fe estaba dispuesto a hacer el sacrificio pero,…pero hace sólo unas horas he descubierto que mi nueva vida ya había empezado, que pronto seré padre. Y esa nueva vida que me espera es más maravillosa que las 72 vírgenes que pudieran estarme esperando. ¡Así que, amigos, brindemos por mi nueva vida…y por la suya también!

La parroquia queda con la boca abierta, dudando si creer al borracho que acaba de confesar su implicación en un atentado suicida por la fe, o si reir la intervención del espontáneo cómico, pero por si las dudas alguien saca su teléfono y llama a la policía.

El día acaba con sus pies en el calabozo, y con su nueva vida en stand by. Interrogatorios, juicio, cárcel…ese es el futuro que parece esperarle. Y todo, todo, por unas cuántas cervezas y su lengua larga. EL SENTIDO DE LA VIDA acabó con la suya.

 

Este relato está basada en una historia real, aunque la perspectiva es absolutamente personal.

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