Maniobras de escapismo

Miró el reloj, de un salto se levantó de la cama y empezó a recoger su ropa del suelo. Una a una, con cada prenda rescatada, revirtió los pasos de la pasión que la había abocado a naufragar en esa cama, como una escena de baile vista en reversa y a cámara lenta, y justo antes de marcharse se dio la vuelta para dedicarme una última mirada mientras sacudía la larga melena, como quien se sacude un mal sueño.

-“Hasta la próxima”- dijo, y lo siguiente que escuché fue la puerta cerrarse tras su pelo.

¿Cuántas veces había sido testigo del mismo ritual de huida? Había perdido cuenta, pero seguro que hasta podría grabar un documental de esos al estilo Félix Rodríguez de la Fuente, de tan característico. Tenía incluso el título perfecto: “El mutis por el foro de la feroz Bicha rojipelada”.

Seguro que le haría gracia…Aunque probablemente nunca lo sepa, porque nunca se quedaba lo bastante como para cruzar más de dos frases. Eso quedaba fuera de los términos del contrato.

¡Qué extraña forma tiene el amor a veces! pensé al tiempo que respiraba las últimas trazas de su olor en las sábanas. Eso, al menos, no podía negármelo.

¿Cuánto tiempo hacía de aquella primera tarde? ¿Un año? ¿Dos? Y aún no había conseguido mover el punto y aparte de lugar. Conseguir que no abandonara mi cama como si se tratara de un barco que se hunde se había convertido casi en una obsesión.

Dediqué horas a diseñar el plan perfecto. Todo tipo de ideas fueron sometidas a examen: desde un secuestro con final feliz por ventura del síndrome de Estocolmo, a somníferos en el vino, pasando por un discurso que de tan emotivo no hallara discusión. Sin embargo, llegado el momento de la verdad, el plan perfecto se fue a la mierda.

Miró el reloj, se levantó de la cama de un salto y empezó a recoger su ropa del suelo. Paso a paso deshizo el camino que la había llevado de nuevo a mi cama, y justo antes de marcharse se dio la vuelta para dedicarme una mirada, su melena sacudida como a cámara lenta, por última vez.

Por una vez, por primera y última vez, el ritual iba a terminar de otra forma porque yo no estaba dispuesto a dejarla marchar así como así. No le di tiempo a pronunciar la línea final del guión.

-“¿Por qué no te quedas?”- le dije

Y esta vez sólo oí el portazo tras su pelo. No dijo -“Hasta la próxima”- y supe que no volvería a tener la oportunidad de verla naufragar entre mis sábanas.

Mi plan se fue a la mierda. Y la feroz Bicha rojipelada salió de escena por última vez.

3 thoughts on “Maniobras de escapismo

  1. Cogí la ropa tan rápido como pude, paso a paso recorría la habitación. Tenía que vestirme y salir de allí tan rápido como me fuese posible. Siempre pasaba esto, yo sólo quería divertirme un poco, sin agobios, y él siempre me miraba invitándome a quedarme, pero nunca pronunciaba palabra. Tenía miedo que dijese algo porque con una sola frase me haría quedarme en la cama. ¡Pero aquello no podía suceder! No quería nada serio, no podía tener nada serio y no iba a permitir quedarme allí y empezar algo, sólo tenía que hacer lo de siempre, recoger, vestirme, huir y tomarme un café debajo de su casa. Simplemente eso, si él no decía nada, yo no iba a hacer nada.
    Me vestí, le miré, abrí la puerta y mientras la estaba cerrando escuche “¿Por qué no te quedas?” La inercia cerró la puerta de un portazo, no sabía que hacer ni que decir, ¿llamaba y volvía a entrar? ¿Salía corriendo y no le volvería a llamar? Me deslicé en la puerta hasta sentarme en el suelo. ¡Soy idiota!
    Abrió la puerta y me caí de espaldas. Le vi la cara, estaba sonriendo, o al menos aquello parecía una sonrisa del revés, es lo que tiene estar mirando la cara de alguien mientras tienes la cabeza apoyada en el suelo.
    Un largo minuto cayados sin saber que decir. Me llené de valor, me levanté, cerré la puerta y le empujé a la cama.

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