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La maldición de la mujer trabajadora

Ya se que últimamente escribo poco y parece que cuando lo hago es sólo para tratar sobre el feminismo, pero es que estoy muy, pero que muy, muy harta. 

Estoy harta de que por ser mujer -y madre- se piensen que soy un producto de saldo y que pueden ofrecerme un sueldo igual que el de un recién licenciado sólo porque además me dan la flexibilidad de trabajar desde casa, que es buena para mi familia y para el que le gusta echarse la siesta después de comer y no le cuesta 10000€ al año.

Estoy harta de que cuando alzas la voz y denuncias que este trato desigual es injusto al final te quedes sin ni una ni veinte partes del pastel, porque ya encontraremos alguien más joven y sin cargas que se contente con esa mierda-sueldo.

Estoy harta porque incluso habiendo actuado en conciencia, no dejo de preguntarme si no debería haber cerrado la boca y tragarme el orgullo y la dignidad, porque total, ¿qué son 10 años en el laboratorio, otros 10 años escribiendo y casi dos en una empresa privada sacando todo el curro del departamento adelante? Os lo digo yo: nada. Nada, porque se me ocurrió la loca idea de darle uso a mis ovarios y parir. Porque como madre, lo primero es mi familia (obvio, por otra parte) lo que parece que desde la cabeza del macho alfa wannabe de turno es incompatible con ser una profesional de los pies a la cabeza y ganarme el sueldo que me merezco. ¿Cuántas madres trabajadoras habrá tenido la suerte de conocer el tipejo para pensar así?

Siendo como soy la 4º generación de mujeres trabajadoras de la familia, y viniendo de un país donde prácticamente en cada familia hay una mujer que trabaja (o quiere trabajar) se me hace increíblemente cuesta arriba pensar que estoy luchando contra la misma situación a la que tuvo que hacer frente mi abuela hace 60 años. No me cabe en la cabeza.

Como no me cabe en la cabeza que mi propio asesor del paro me diga que en este país en cuanto una mujer entra en edad de reproducirse deja de existir para el mercado laboral. Y lo peor no es que lo diga, lo peor es que es verdad. 

En un mercado laboral donde llueven las ofertas, en el momento en que se deja entrever que tienes un bichejo a tu cargo, desaparecen los empleadores como por hechizo. Y los que quedan, se creen que pueden permitírselo todo.

Pensé que después de sufrir mobbing en mi antigua empresa por reclamar lo que era mío y defender el bienestar de mi hijo no nato, y de que me forzaran a irme al cambiar mi horario para hacerlo incompatible con la guardería lo había visto todo. Pero no. Esta historia parece que tiene más capítulos que la Biblia. Y me encantaría poder creer que son manzanas podridas en un saco lleno de deliciosas posibilidades, pero se me ha pasado la época de la ilusión y la ignorancia.

Estoy cansada, muy cansada. Pero no pienso darme por vencida. Si 4 años de oscuridad y soledad en el microscopio no pudieron conmigo, estos pobres hombres inseguros no me arrebataran las ganas de comerme el mundo.

Y si alguien tiene algún trabajito por ahí para mí, que levante la mano 😉



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