Ficciones: Cosas del paraíso

Una playa paradisíaca. Arena blanca. El arrullo del mar de fondo. En primer plano, a cobijo del sol, bajo un toldo, un par de guiris disfrutando de una limonada fría y escuchando conversaciones cotidianas en un lugar remoto. De repente una nueva distracción aparece entre el barullo de un día de playa: un músico.

Pero no el tipo de músico que uno imagina en una playa así. Ni rastas, ni bongos. En las morenas manos, agarrotadas por la artrosis, un violín. Un violín en el que cada cuerda es diferente, un violín que podía ser parte del maletín de un feriante y que no suena, rompe el aire. El músico, casi ciego, toca de oido y por eso parece disfrutar tanto de su melodía, que no es sino ruido. Posiblemente también esté sordo. Al terminar se quita el sombrero con caballerosidad y al tiempo ofrece una nudosa y agitada mano.

Nunca he dado propina más merecida que la que di a aquel viejo. Aún lloro de pena y orgullo. Aquel hombre se parecía a mi abuelo. Aquel hombre también era mexicano. Y con todas sus limitaciones, aún prefería ganarse el dinero a pedir. Una lección de vida en un lugar donde sólo esperaba desconectar de la mía.

Por eso adoro viajar. Aunque sea con la imaginación.

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