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El bajón otoñal te entra por los ojos

¡Bienvenida a la primavera! Por fin los días son más largos, hay más luz (aunque por aquí aún sea de una calidad más bien grisácea la mayoría de los días) y es el momento en que la naturaleza se despierta. Las plantas -y algunos animales- salen de hibernación y es bastante común que nosotros también nos sentamos más activos, más despiertos y más motivados. Por supuesto si esto es así cuando hay MÁS luz ¿qué ocurre cuando es lo contrario lo que ocurre ahí fuera? ¿y porqué hay gente más susceptible a ciertos efectos de la luz que otros?

La respuesta tiene que ver con ojos, aunque no necesariamente con visión sino con unas células especializadas de nuestras retinas, las células ganglionares intrínsecamente fotosensibles( ipRGCs por sus siglas en inglés), que son las que detectan los niveles de luz ambiental para, entre otras cosas ajustar nuestro ritmo biológico al ritmo “natural” de los días y las estaciones. Sin embargo, existen momentos en que estos ciclos de luz y oscuridad no estàn tan claros, ni son tan homogèneos como debieran: por ejemplo, en el invierno, la fase oscura es más larga que en el verano y además debido a la vida moderna en que vivimos puede ocurrir que durante los periodos de oscuridad estemos expuestos a luz (como la que emiten los indicadores de televisores, enfuches…) o que los días sean tan oscuros que no se llegue a alcanzar el nivel de luz necesrio para que nuestro cuerpo se entere de que no es de noche (como ocurre cerca de los Polos o en Alemania este pasado invierno).

Asociado a estos desequilibrios en cuanto a la luz, en ciertas personas se da lo que se llaman trastornos afectivos estacionales, que suelen caracterizarse por síntomas depresivos o ser trastornos de tipo bipolar con un patrón estacional. Un artículo publicado en Nature hace unos meses indaga en el mecanismo por el cual la luz afecta al estado de ánimo y al aprendizaje en ratones y revela que contra lo que se pensaba hasta la fecha no es necesario una alteración de los patrones de sueño, ni una ruptura de la periodicidad del ritmo circadiano para producir esos síntomas. Bastaría con una exposición a luz desajustada o bien unos receptores mutados (se han descrito variantes en el gen que codifica la proteína fotosensible de las ipRGCs que hacen que los portadores sean menos sensibles a la luz y por tanto más susceptibles a padecer síndromes de tipo estacional ref.)

En el trabajo, tomaron a 2 grupos de ratones y a uno le cambiaron de un ciclo de 24 horas (12h día y 12h de noche) y otro con uno de 7 horas (3.5h+3.5h), de manera que el segundo grupo tendría periodos de luz cuando les “tocaría” oscuridad y viceversa.

A continuación, los investigadores comprobaron que sus ritmos biológicos aún se conservaban así como sus patrones de sueño, y después realizaron una serie de pruebas de comportamiento para medir depresión así como los niveles de una hormona, la corticoesterona, íntimamente relacionada con estrés y depresión. En ambos tipos de medidas los animales sujetos a ritmo infradiano (7h) aparecían deprimidos. Se ha visto en modelos animales, además, que la depresión inhibe ciertos procesos de aprendizaje y eso también lo demostraron tanto con tests de comportamiento como con electrofisiología.

Para rizar el rizo, curaron la depresión de los animales como -a veces- se cura la de los humanos: con un antidepresivo, fluoxetina, que consiguió hacer volver a parámetros normales los niveles de corticoesterona así como hacerles recuperar la capacidad de aprender.

Por último, demuestran que la conexión entre la luz y la depresión es por medio de las ipRGCs, porque en animales que carecen de estas células no se observa problema alguno ya sea de comportamiento depresivo, de carencia de aprendizaje o de cambios en los niveles de corticoesterona.

En resumen, nuestros lindos ojitos son los responsables de mandar la señal al cerebro de cúanta luz hay, y dependiendo de esta señal, áreas implicadas en la regulación del estado de ánimo como la amigdala o la habénula producen un aumento de la secreción de cortisona (la corticoesterona humana) y nos deprimimos.

Como dije en un aparte, no todos somos iguales. Hay gente que es más susceptible que otra a los efectos de la luz sobre el estado de ánimo y la respuesta ha de buscarse en variaciones en el funcionamiento de estas simpáticas células: las ipRGCs.

Sólo una última nota para los que como yo, sufráis por demás por la falta de luz. ¡Ojo con los resultados del uso de antidepresivos! Aunque relevantes, los efectos que detallan en el artículo se refieren a ratones, y que no se ha estudiado ni efectos a largo plazo, ni efectos secundarios. Nada de empezar a doparse como locos el próximo otoño ¿eh?

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