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Días que valen la pena

Lo confieso: soy adicta al estrés. Se cumplen casi tres meses desde que empecé mi nuevo trabajo, y aunque a nivel personal he tenido mucho más estrés del que hubiera deseado y por las peores razones del mundo, a veces en la oficina me falta trabajo. De hecho, hoy es uno de esos días. Llevo horas jugando a cambiar el aspecto del blog, por falta de algo mejor que hacer -por cierto, espero que os guste- y me paso el rato mirando hacia la puerta de la oficina de mi jefe esperando que salga con alguna ocurrencia o algo que hacer. Me siento como ese perro fiel que espera pegado a la puerta de casa la llegada de su dueño para salir a correr. Y yo necesito correr. Necesito tener mi mente ocupada, sentirme útil y sobre todo no pensar en que mi vida ya no será la de antes. Porque por muy yonki que sea una de los cambios, hay algunos a los que no consigo acostumbrarme. Peor aún, es que no se si quiero. Y no tengo alternativa.

Parece que la primavera se ha decidido a visitarnos, aunque sea de paso, y mientras acecho el otro lado de la ventana, me pregunto si la vida no es eso. Y no esto que escribo, o las estupideces que hacemos para nuestros clientes. En un mundo en que un político mangante o un vendedor de humo convincente (también conocido como consultor) gana más, pero mucho más, que alguien que dedica su vida a mejorar la de otros -léase aquí médico, profesor, trabajador social…- ¿cuántos de nosotros podemos sentirnos realmente satisfechos con nuestro trabajo? ¿pesa más el hacer la diferencia o tener el bolsillo lleno?

Hoy por suerte, no tengo que plantearme esa cuestión porque hoy me han encargado un trabajo “pro bono” que dicen los americanos. Un trabajo por amor al arte, para ayudar en un proyecto altruista. Porque mi empresa también se dedica a algo más que a hacerle el trabajo a las farmaceúticas. Y eso me hace pensar que lo que hago, al menos vale un poco la pena.

Por cierto, que para los que no lo sepáis, existe una ONG internacional dedicada a recoger insulina y todo lo relacionado con el tratamiento para la diabetes en los países ricos y dedicada a distribuirla en aquellos donde el acceso es más que limitado, sea por las condiciones políticas o más a menudo, económicas. Aunque la diabetes parezca una enfermedad “tonta” en comparación con el cáncer o la hambruna, las consecuencias de la falta de tratamiento también son mortales. Aunque en el primer mundo nos hayamos casi olvidado.

Si tenéis un rato, pasaros por la web de Insulin for Life.

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