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Cuestión de gustos

Hay muchas cosas que no entiendo: que en España ganara las elecciones un incompetente como Rajoy, que desmantelen un estado social que es un ejemplo para el mundo para seguir forrándose a costa de todos y todavía haya gente que los defienda y sobre todo, sobre todo no entiendo la locura nacional por veintidós tíos muchimillonarios dándole patadas desganados a un balón.

Esas son algunas de las realidades patrias que me desconciertan, de Alemania hay otras muchas que me resultan extrañas, sorprendentes, a veces casi extraterrestres, porque si lo que me explicaron es cierto y el ser humano tiene cinco sentidos, no tengo del todo claro que los alemanes también lo sean, porque a éstos les falta al menos un sentido: el gusto.

Su falta de gusto abarca numerosos ámbitos, desde el no saber diferenciar un ibérico de una mortadela atiborrada de pimentón y aceitunas del Lidl a ir preparados siempre para subirse una montaña o dos, aunque la más cercana esté a 300 km. Y es que lo de saber vestirse no está en la sangre alemana porque la opción alternativa: hipster de gafa ochentera rescatada del cajón de casa de la abuela, abrigo de lana lleno de bolas tres tallas más grande y por supuesto, zapatillas victoria en cualquier ocasión, y cuando digo cualquiera quiero decir con nieve y a -12ºC, no resulta mucho más acertada.

Peeeeero, no quiero hablar hoy de estas cosas, interesantes si, pero no tan excruciantes como ésta por lo que supone para los que tenemos que sufrirla: los alemanes no saben beber.

Y ahora me vendréis con que ya sabéis de qué va el rollo, ¿eh, listillos? Que si Oktoberfest por aquí, que si Mallorca por allá, que si balconing acullá. Pues no, os habéis colado. Tampoco saben emborracharse, pero cuando digo que no saben beber me refiero a que no tienen gusto. Ni siquiera para la cerveza. No soy una gran fan de la cerveza, lo confieso, así que cuando vienen visitas, que igual que el porrero que visita Holanda y lo primero que hace es irse a un CoffeeShop, demandan ir a un Bierkeller a bajarse una Mass o las que se tercien, se hace y entonces se escuchan las alabanzas por ese néctar que parece ser lo mejor que han probado nunca -aunque a veces me pregunto si no será más una cuestión de cantidad…- En cualquier caso, aceptamos barco. La cerveza alemana es realmente buena -si la gente que sabe en tooooodo el mundo lo dice y además tienen cursos universitarios sobre cómo hacer cerveza deben saber de qué va el asunto- peeero ahora viene la parte que me dice que estos tipos no saben beber. ¿Cómo puede servirse un tanque de medio litro (o más) de cerveza a temperatura ambiente? ¿Se supone que tiene que beberse como un chupito? ¿De un trago? Así debe ser, de hecho, porque el tipo más celebrado del Oktoberfest suele ser aquel capaz de bajarse una Mass de un trago…sin caerse redondo. Y eso tiene mérito, sobre todo cuando esa cerveza tiene la temperatura de un caldo de pollo.

Pero amigos míos, el tipo de cosas que a esta gente le gusta beber es aún peor que la temperatura a la que la beben. ¿Recodáis esas fiestas de cumpleaños con sus medias noches, sus botellas de 2 litros de CocaCola, Fanta, sus ganchitos, patatas…?¿recordáis cómo solían acabar los vasos? De niños todos tenemos el gusanillo de experimentar y los restos de Fanta y CocaCola de los vasos de la fiesta eran el sustrato perfecto para una clase de química experimental. Un poquito de Fanta por aquí, más un poquito de CocaCola de ese vaso por allá, en ocasiones se añadían un par de ganchitos por incrementar la masa sólida pero eso dependía de lo que los padres del cumpleañero hubieran dispuesto. Pues bien, quitando los ganchitos, ese mejunge de CocaCola+Fanta en Alemania tiene nombre, Spezi, y es una de sus bebidas favoritas. A partir de aquí, sobran los comentarios.

¿Qué sabe mejor que el agua cuando hay sed? Para los alemanes cualquier cosa, porque resulta que además de incolora, inodora e insípida el agua es aburrida. Al menos para ellos. Por eso SIEMPRE tiene que llevar como mínimo burbujas. Al ir a un evento de mayoría alemana lo normal será encontrar botellas de agua de al menos tres o cuatro tipos diferentes: de sabores y sobre todo con diferentes niveles de carbonatación, porque puede ser que hoy estés burbujeante y entonces te decantes por la versión clásica, con todas las burbujas del mundo; pero podría ser que te apeteciera empezar algo más suave y entonces prefirieras la versión Sanft, con algo menos de gas. Para los más tímidos está la versión Extra Still, que a pesar de su nombre aún lleva gas, pero sólo para no aburrir. Lo que es casi 100% seguro que no encontraréis es una botella de agua sin gas, porque ¿quién podría querer beber agua? p.d. Si alguna vez veis a alguien amorrado a un grifo en Alemania sea posiblemente yo, después de sufrir horas de deshidratación tras hacer una infructuosa cata de aguas en una conferencia. Por si no me creéis mirad aquí.

Ahora que ya he introducido el concepto alemán burbuja=diversión, podemos pasar al siguiente punto: mezclas. Los alemanes tienen fama mundial por ser buenos en química y si nosotros de pequeños experimentamos en la mesa de cumpleaños, ellos lo hacen de por vida. La mitad de la carta de bebidas de un restaurante alemán comprende la fórmula X+agua con gas. La X de la ecuación puede ser desde zumo de manzana a zumo de bayas rojas y negras de las montañas de Baviera o vino blanco…Cualquier cosa es susceptible de mejorar -ejem- con unas burbujas.

Uno,dos,tres…hasta cinco cafés y nada. Aparte de un sabor de boca tan asqueroso que querrías arrancarte la lengua, sigues con los ojos legañosos y el cerebro en stand by. Y es que no se cómo pueden joder el café de esa manera, a no ser que precisamente lo hayan adulterado precisamente para que sólo pueda tragarse diluido en litros de leche. ¡Larga vida a las vacas del Allgäu! Claro, de ahí que además el tamaño de café “normal” sea tipo tazón de desayuno. Y que siempre los veas enganchados a un vaso de café requemado y maloliente. Están esperando ver si encuentran la cafeína perdida, pero es en vano, no la hay.

La lección de hoy termina con un consejo: traed una botellita de agua de España en el avión y aprended rápido a pedir: Stilles Wasser. Puede ser que no la tengan, y quizá hasta os miren raro: ¡extranjero aburrido en la mesa 3, no quiere burbujas!, pero os ahorraréis los gases.

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