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Como la vida misma

En toda obra de teatro que se precie, el personaje más logrado es aquel cuya actuación es más natural. Ése que cuando dice te quiero parece sentirlo hasta en la mirada. Ese que cuando te mira a los ojos parece decir siempre la verdad. El que no parece sobreactuado. El que no lleva careta…aparente. Ése es el que engancha. El que enamora.

Durante toda la representación es difícil apartar la vista de él, porque sus movimientos, sus expresiones, su voz, son magnéticas. El buen mentiroso como el buen político sabe darle a su público lo que quiere, ganar su aprecio, su admiración, su entrega.

Pero la función siempre tiene un final. Y al acabar siempre se descubre la trampa. El actor se quita el disfraz. La mentira queda al descubierto y al otro lado del escenario sólo queda un público desencantado.

Un público que, al igual que cuando se desvela un truco de magia, se siente en parte estafado en parte idiota porque debería haber visto la bola cambiar de mano. Su problema, sin embargo, fue que se perdieron en la propia magia de la representación y no vieron venir el engaño.

De camino a casa se preguntan una y otra vez cómo pudo pasar algo así…Fácil, el actor es un profesional, su vida el engaño, y la representación el punto de encuentro entre las expectativas de ambos. Satisfacción para todos.

El actor volverá mañana al escenario a repetir su juego de espejos mientras el público volverá a sus vidas iguales pero diferentes, ahora con los ojos más abiertos y el resabio de la experiencia dispuestos a evitar a toda costa esa desagradable sensación de ilusos.

En la vida como en el teatro, el espectáculo ha de continuar. Señores, hagan sus apuestas.

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