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Ciencia: matarelaciones number 1

Hace relativamente poco me reencontré con un colega de mis años de científica y hablando sobre todo un poco me contó como su matrimonio (con otra científica) parecía abocado al fracaso, y cómo el responsable de tal declive tenía que ver con nuestra profesión: la ciencia. Él lleva unos años luchando para establecer su propio grupo de investigación y asegurar financiación para continuar investigando, ella está cerrando los últimos capítulos de su tesis y pasando por esa etapa de locura y dudas que supone terminar el doctorado. Porque cerrar esa etapa supone abrir la caja de Pandora de los deseos, expectativas e ideas preconcebidas de adónde nos lleva este camino. ¿seguir o no en ciencia?; si seguir, ¿dónde? y ¿por cuánto tiempo?; ¿estoy dispuesto a dedicar el 80, el 90 o el 100% de mi tiempo a la investigación?;  y si no sigo… entonces, ¿qué?

Estas y muchas preguntas son las que ocupan la cabeza de prácticamente todo aquel que pasa por los nervios y la tensión de acabar una tesis doctoral, y naturalmente, este estado de ansiedad y dudas permanente no afecta sólo al implicado, sino a todos los que le rodean. Eso hace que la historia de mi colega no sea tan extraña, de hecho conozco a varias parejas que no fueron capaces de superar el escollo del doctorado.

Lo más triste de esta situación, es que un trabajo tan extenuante, frustrante y demandante como es el del científico necesita de una vía de escape. Y aunque lo más sano y lo más edificante sería un círculo social fuerte y una pareja que sirva de apoyo y desconexión, el propio trabajo hace que mantener estas relaciones sea casi un milagro. Dedicarse a la investigación no sólo supone un sacrificio en términos de tiempo libre (incluso los más estables y capaces de desconectar hay temporadas en que su casa es el laboratorio y sus únicos interlocutores sus animales de laboratorio), sino que la extenuación mental, la ansiedad por obtener resultados y renovar contrato, etcétera etcétera dificultan seriamente el éxito de cualquier relación de pareja, tanto si el otro es también científico como si no. Si lo es, el problema digamos que se multiplica por dos, porque a no ser que se vean en el trabajo será difícil encontrar tiempo para ellos y si no lo es, entonces es aún peor porque es difícil tratar de explicar a alguien que no se dedique a esto que uno no puede irse de fin de semana porque le toca regar sus plantas de investigación o dar de “comer” a sus cultivos celulares.

Ahora que estoy fuera y contemplo los inmensos sacrificios que supone la carrera científica, me maravillo del tiempo que estuve dentro del laberinto sin ver que aquello no era vida. Y…sin embargo, hablar de ciencia, discutir sobre proyectos de investigación, poner a funcionar a mis neuronas al nivel de antaño me da un subidón más fuerte que el de cualquier otra droga estimulante. Y es que una vez la ciencia entra en tu vida, se queda contigo para siempre.

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