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Antropología urbana

Odio las salas de espera. Es un lugar de paso, se supone. Y sin embargo, en los últimos meses paso más tiempo entre una y otra que fuera. Salas de espera de aeropuertos, de estaciones de tren, y las peores: las de hospital.

En cada una de ellas abunda una fauna diferente, y de tanto tiempo viviendo en ellas uno acaba haciéndose el rey de la selva, ya casi podría describirlos sin siquiera verlos.

En el aeropuerto tenemos a los hombres de negocios, normalmente encorbatados, engominados, engolados al hablar sea cual sea el idioma, y siempre con aire autoritario, con prisa, pero sin llegar a ninguna parte. Abrirán su ordenador para mostrarle al mundo lo importante que es lo que hacen, o al menos, el logo de su empresa. Que nadie dude quién soy yo. Si el “hombre” de negocios porta un doble X entonces puede ser que se suavicen todos los rasgos anteriormente citados o que por el contrario se agudicen. Sobre esto no hay norma escrita.

Las parejas de viaje siempre son de dos tipos: las relajadas y enamoradas a tope, posiblemente comenzando la relación y/o realmente versadas en el tema aeropuerto-maletas-tránsito-país extraño, y las que o bien están quemadas de estar juntas o están quemadas del viaje. Y da igual que acaben de empezar las vacaciones, están tan estresados que igual podían haberse quedado en casa, relajados en el sofá viendo la tele, sin tener que sufrir por encontrar la puerta de embarque y llegar a la terminal con 3 horas de antelación: No sea que se nos vaya el avión, Puri.

Alternativamente y según la hora del viaje, puedes encontrarte con la fauna familiar y gritona o con la piara de adolescentes en tránsito al descontrol ya con más de alguna copa de más. Estos son los que de verdad le alegran a uno el viaje. Casi tanto como los anuncios de venta de lotería y demás absurdos por megafonía a cualquier hora del día o de la noche que impiden pegar ojo o concentrarse en la lectura de un buen libro.

El tipo de personas que se encuentra en una sala de espera de hospital es diferente. Porque el tipo de viaje también lo es. Aquí el tono suele ser más bajo, aunque haya quien aún no entienda que la prohibición de teléfonos móviles también se le aplica y se dedique a entretener al resto de la sala con el sonido reggeatonero de su “melodía” de llamada y las constantes actualizaciones sobre el estado de su familiar enfermo. Aquí las caras por lo general denotan cansancio, ansiedad y tristeza. Puede saberse el número de días de ingreso por la profundidad de las ojeras en las caras de unos y otros y por el número de vasos de plástico de inmundo café de máquina acumulados en derredor. Sólo hay una excepción al estado de ánimo general de las salas de espera y son los pasillos de maternidad, pero ahí lo que se espera es la vida no la muerte.

Si me preguntan, sin duda prefiero dedicarme al estudio de los que discuten apuntando con el dedo sobre la guía de viajes que acaban de comprar y que aún tiene olor a nuevo, dónde irán primero. De los que se preguntan si metieron todo lo necesario en la maleta y se angustian pensando en que ese pequeño detalle olvidado hará de su viaje un fracaso, como si en el resto del mundo no vendieran cepillos de dientes, o de los que llevan sus viajes como medallas, y puedes saber por cuántos países han pasado, muchas veces sin ver, gracias a las chapas, bolsas y pines adquiridos en cada lugar. Si, esta es mi fauna.

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